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“Hola Emiliano, habla Rúben”.

Recuerdo cada llamado de Rubén García, presidente de la Cámara de Importadores (CIRA). Recuerdo que él pronunciaba su nombre acentuando la “ú”. Afrancesaba su nombre. Pero Rubén, para mí, tenía poco de francés. Tenía mucho de porteño. De tango, fútbol (Independiente), bodegón.

Recuerdo cada llamado de Rubén, porque indefectiblemente yo pensaba: “Listo, se cansó. No aguanta más a estos tipos”. No importa de qué gestión.

Pero siempre me equivocaba. La polenta, la garra, la convicción, la capacidad de laburo que tenía Rubén no dejaba de sorprenderme con el pasar de los minutos. Y lograba entusiasmarme de nuevo, pensar que “ahora sí” –sin importar el “cuándo” de ese ahora– se iba a entender finalmente qué implican las importaciones, qué significa el comercio exterior. Con una vuelta de rosca que él siempre propiciaba, invitaba a hacer y aceptaba.

“¿No te cansás, Rubén, de tener que explicar siempre lo mismo?”, le solté alguna vez, luego de escucharlo despotricar por centésima vez contra alguna licencia que no salía, contra las tarifas portuarias, el Chas o algún otro nuevo certificado, la indiferencia de jóvenes funcionarios que no se dignaban ni a responder un mail, las inconsistencias de las comunicaciones del Banco Central para el giro de divisas, el eterno desquicio normativo del comercio exterior… “¿No te cansás, Rubén?”.

“Hay que laburar, viejo”. Y volvía a empezar, no sin antes cerrar una idea con algún refrán o frase popular.

Rubén falleció el jueves inesperadamente.

Sigo movilizado por la noticia, y tal vez por eso decido traicionar, por esta vez, la distancia periodística y escribir en primera persona.

Para mí Rubén fue uno de los gremialistas empresarios que más hizo por el comercio exterior de un país que no entiende lo que es el comercio exterior. Digo comercio exterior y no importaciones. “Para exportar hay que importar. Es así viejo, no queda otra”. Aunque atente contra el sentido común de quien está en el tema, parece inconcebible el desconocimiento que impera todavía en la Administración sobre algo tan sencillo como esto.

Armó un equipo de trabajo joven. Los doblaba en edad a varios. Pero les daba lugar, espacio para lucirse. Exigente, muy exigente. Y generoso, muy generoso. Precisamente porque era exigente.

En cada gestión exitosa, en cada felicitación que recibía, Rubén se encargaba de rechazar cortésmente el mérito. “Esto lo hizo el equipo de la CIRA”. Siempre prefería que su brillo resultara reconocido sólo si irradiaba del trabajo de los jóvenes técnicos y profesionales que integran el equipo de la CIRA. Cualidad que, al menos yo, vi muy pocas veces. Basta ver las “cámaras” en la Argentina, la eternización por un lado, la incapacidad para delegar por el otro. Rubén fue el primero que descartó este modelo.

Rubén nunca vio una amenaza en la novedad o la innovación. O el cambio. “Yo de esto no entiendo, pero dale para adelante”, decía, y convocaba a alguno de sus colaboradores para que se encargara. “Dale para adelante”, instruía, y delegaba. Don de gente, protector de su gente, preocupado por su gente.

Reenviaba artículos, informes, encuestas. “Me interesa tu opinión”, invitaba, siempre, al debate. Rubén no se encerraba en el saber endogámico. Aunque le hiciera ruido, intentaba abrirse y fomentar el crecimiento intelectual, la interacción multidisciplinaria.

Rubén sufrió también, y con altura, la mezquindad política, la bajeza de funcionarios iluminados y la soberbia de algunos otros referentes empresarios auto instituidos.

Rubén entendió todo. Gestionaba los intereses de más de 1200 importadores, los actores económicos más denostados en una Argentina que todavía cree que una importación equivale a destruir empleos y cerrar pymes.

Pero grabó su mensaje: “El 80% de las importaciones va a parar a la producción y la industria”, rezaba, como letanía, cada vez. Porque así es la educación empresaria a funcionarios que, indefectiblemente, ocupan un despacho sin haber nunca pagado un sueldo (“nunca pagaron una quincena”, decía), firmado un balance, sin haber tenido un contenedor parado en el puerto o sin haberle explicado nunca a un proveedor del exterior o una casa matriz que hacer negocios en la Argentina, en comercio exterior, es agregarle adendas e inesperados anexos a cualquier manual.

Rubén no representaba a importadores. Representaba a empresas argentinas, con empleados argentinos, que pagan impuestos argentinos y consumen productos y servicios argentinos y que, para continuar trabajando, mejorando, innovando y creciendo hacen lo que cualquiera hace en esta aldea global: buscan la mejor tecnología para mejorar procesos, para ser más baratos, más competitivos, para vender más, emplear más, exportar más y pagar más impuestos…

Los importadores son empresas argentinas. Pero en la dialéctica de la conveniencia política, se los desnacionaliza, se les impone argentinos prioritarios por sobre ellos.

No fue su conocimiento académico, sus ilustraciones teóricas las que me ayudaron a entender un mensaje. Fue su capacidad de trabajo, su liderazgo, su gestión lo que me conmovió. Como pocos en este ambiente de apasionados que, sin embargo, todavía no tocan la fibra del Estado.

Rubén fue el que más cerca estuvo. Dejó la vara alta. Dejó un gran equipo.

Hasta siempre Rubén. Gracias por todo.