En los márgenes de toda guerra comercial hay una zona gris donde las mercaderías circulan disfrazadas. No es una metáfora. Es un patrón operativo: desviar el flujo, cambiar la etiqueta, hacer escala técnica en un país de conveniencia para eludir un arancel en destino.
Este clásico del comercio y la logística internacional, ahora, se logró cuantificar con precisión. Un trabajo reciente, reseñado por Harvard Business Review y firmado por Lin, Mao y Zhou, determina con quirúrgico detalle uno de los supuestos más reiterados del conflicto comercial entre Estados Unidos y China: ¿Hubo un desvío sistemático de exportaciones chinas a través de Vietnam para evitar los aranceles estadounidenses? La respuesta es incómoda.
El mito, rápidamente mediatizado, sugiere un fenómeno masivo: fábricas chinas triangulando despachos vía Vietnam, reempaquetando, y exportando al norte con nuevo país de origen. Pero cuando se bajan los datos al nivel de producto, provincia e incluso empresa, el volumen de desvío —si bien real— resulta mucho menor de lo que se temía.
A nivel empresa, el desvío representa apenas el 1,7% de las exportaciones vietnamitas a EE.UU. en 2021. A nivel de país, el número trepa al 16,5%. La diferencia entre ambos valores es, en realidad, una lección metodológica: las estadísticas agregadas son un espejo roto cuando se trata de prácticas elusivas.
Lo que se revela
La investigación se basa en microdatos del comercio vietnamita y en registros aduaneros de EE.UU., y define desvío con un criterio exigente: mismo producto (HS 8 dígitos), mismo trimestre, tránsito desde China a Vietnam y desde Vietnam a EE.UU. en secuencia. Es decir, no cualquier aumento del comercio vietnamita con EE.UU. califica como desvío. Solo aquel que traza un rastro probable de origen chino oculto.
El hallazgo más relevante, sin embargo, no es la magnitud, sino la composición del desvío: más del 60% de estas operaciones fueron protagonizadas por empresas de propiedad china radicadas en Vietnam. Es decir, el producto no se escapó de China. Solo cruzó la frontera con pasaporte nuevo.
Esto cambia la lectura. Porque si el objetivo político era debilitar el peso de las exportaciones chinas en el mercado estadounidense, el resultado es a lo sumo parcial. Los bienes chinos —o de capital chino— siguieron entrando. Solo lo hicieron bajo otra jurisdicción. Las reglas cambiaron y los jugadores se adaptaron.
¿Entonces?
Para los decisores en Washington, el mensaje es claro: los aranceles por país de origen son una herramienta demasiado burda para un problema que exige precisión.
Penalizar productos vietnamitas porque algunos provienen de capital chino implica castigar también a empresas locales que nada tienen que ver con maniobras elusivas. Y eso, en tiempos de “friendshoring” y alianzas estratégicas, es un error de cálculo que cuesta caro.
Para las empresas que importan, la implicancia es doble: depender de proveedores con matrices opacas o triangulaciones no del todo claras puede derivar en sanciones inesperadas. Y para los operadores logísticos y comerciales, se impone una regla vieja con ropaje nuevo: conocer la trazabilidad real —y no solo documental— de lo que se mueve.
Para Vietnam, el riesgo es reputacional. Porque si las estadísticas gruesas siguen alimentando la hipótesis del desvío masivo, la presión política crecerá. Y con ella, los controles, las inspecciones, los sobrecostos. El desvío es menos frecuente de lo que se dice, pero suficiente para encender alarmas.
El saldo
La investigación no desmiente el desvío. Lo dimensiona ycalibra. Y en esa calibración ofrece un marco más racional para discutir medidas correctivas. Si la intención de EE.UU. es frenar las ventajas competitivas de empresas estatales chinas o limitar su expansión, los aranceles genéricos no lo logran. Solo encarecen la vida del consumidor estadounidense y distorsionan flujos legítimos.
Tal vez haya llegó el momento de abandonar el paradigma del “castigo por geografía” y pasar a uno basado en propiedad y comportamiento. No se trata de dónde se produce, sino de quién controla el proceso y cómo lo hace.
Porque los contenedores se mueven. Pero los capitales también. Y con bastante más inteligencia que muchos de los marcos regulatorios que buscan contenerlos.















