La decisión que perjudicará tanto a las exportaciones argentinas como a la industria norteamericana que se abastece en el país de productos siderúrgicos, y fue tomada por el Departamento de Comercio de Estados Unidos tras confirmar que ya rigen aranceles del 50% para 407 categorías adicionales que contienen acero o aluminio.

En efecto, la expansión de la Sección 232 golpea a sectores tan diversos como energías renovables, construcción, maquinaria y transporte: desde turbinas eólicas y grúas móviles hasta excavadoras, vagones ferroviarios, muebles, compresores y bombas de agua.

Pero lo más preocupante no es sólo la confirmación, sino un detalle operativo: la medida entró en vigor de inmediato, incluso para mercadería en tránsito, sin otorgar un período de transición.

Justificación y opacidad

La justificación oficial fue tajante. “Se amplía el alcance de los aranceles y se cierran vías de evasión, apoyando la revitalización del acero y el aluminio estadounidenses”, explicó Jeffrey Kessler, subsecretario de Industria y Seguridad.

Pero la implementación llega con dudas, según informó CNN, dado que la lista se difundió únicamente por códigos arancelarios (HTS) —ejemplo: 8424.10.0000 para extintores—, lo que dificulta la identificación rápida de los productos alcanzados. Además, persisten interrogantes como si estos aranceles sectoriales se acumulan con los recargos por país ya vigentes.

Acero, aluminio y ahora cobre

La decisión se suma a un endurecimiento progresivo del esquema arancelario. En junio, Donald Trump duplicó del 25% al 50% los aranceles al acero y aluminio bajo la Sección 232. A fines de julio, anunció un 50% sobre cobre y derivados, vigente desde el 1° de agosto.

La lectura de mercado es lineal: los gravámenes se trasladarán a costos crecientes en construcción, automotriz y electrónica.

El impacto, por otro lado, es inmediato, dado que obligará a operadores logísticos, de transporte y a los cargadores a relevar nomencladores y cruzar todas las posiciones con potencial contenido de acero y aluminio y, por otra parte, revisar los tránsitos y cut-offs, e incluso cláusulas de fuerza mayor en los contratos.

Ingeniería arancelaria

Las medidas proteccionistas de Donald Trump potenciaron la tendencia denominada Tariff Engineering (ingeniería arancelaria), que viene a ser como la prima del nearshoring logístico, nacido con la pandemia y la gran crisis de los fletes: consiste en un análisis profundo de la cadena global de valor y producción, que incluye desde el cambio de piezas hasta el de lugar de ensamble.

En definitiva, no se trata de un simple ajuste en la política comercial norteamericana, sino de un rediseño arancelario transversal que agrava el costo financiero y operativo del importador, no sin dosis altas de incertidumbre regulatoria, donde el mayor talento ahora será clasificar y documentar prácticamente a la perfección.