La paradoja es incómoda: mientras la globalización se “reconfigura” por la geopolítica, el sistema financiero mundial se vuelve cada vez más decisivo para el comercio… y más concentrado alrededor del dólar. Y lejos de un mundo multipolar en lo financiero, lo que emerge de los datos es la preeminencia, e incluso el fortalecimiento, de la moneda norteamericana como eje de pagos, reservas, financiamiento y valorización de activos.
Así lo plantea el interesantísimo último informe de Unctad, que destaca que casi el 90% del comercio mundial depende de financiamiento comercial, y la liquidez en dólares y los sistemas de pago transfronterizos son “cruciales” para que esas operaciones se concreten.
La divisa
Es más, el comercio ya no se explica solo por oferta, demanda y costos logísticos, sino por la disponibilidad —o escasez— de crédito en una divisa específica. Un movimiento en las tasas de interés o en la “confianza de los inversores en un centro financiero importante” se traduce, según el propio informe, en variaciones directas en los volúmenes de comercio.
La crisis financiera de 2008, y su decantamiento en la crisis comercial, lo dejó bastante claro.
Sobre esa base, la radiografía de la arquitectura financiera mundial es contundente. En apenas cinco años, la participación del dólar en los pagos internacionales cursados por SWIFT (el sistema de transacciones bancarias) pasó del 38,5% al 48,5%, mientras el euro cayó de 36,3% a 23,6%.
Desdolarización lejana
Lejos de diluirse, el rol del dólar en los pagos globales se expandió, incluso en un contexto de discusiones recurrentes sobre “desdolarización”.
A esto se agrega que Estados Unidos concentra la mitad del valor del mercado bursátil mundial y alrededor del 40% de la emisión global de bonos. El informe sintetiza este cuadro bajo el concepto del “enduring dollar”: el dólar interviene en el 89% de todas las operaciones cambiarias, representa el 58% de las reservas de los bancos centrales, el 56% de los contratos de derivados, el 50% de los activos de portafolios globales y casi la mitad de las transferencias bancarias transfronterizas.
Centralidad
Las implicancias son directas. Para el mundo en desarrollo —que hoy explica más del 40% del PBI global, casi la mitad del comercio de bienes y más de la mitad de las entradas de inversión— la centralidad del dólar funciona a la vez como ancla y como corsé.
Por un lado, ofrece un activo refugio y un sistema de pagos relativamente estable en un entorno de alta incertidumbre. Por otro lado, “ata a las economías en desarrollo a ciclos financieros sobre los que tienen una influencia limitada”, en palabras del informe. Cuando las condiciones monetarias en la principal plaza emisor de dólares se endurecen, el ajuste se traslada a tasas, primas de riesgo y disponibilidad de crédito en todo el Sur global.
Tasas del financiamiento
Los datos de tasas de interés son también elocuentes: mientras los rendimientos de bonos a 10 años en las economías avanzadas se mueven en un rango de 0,3% a 2,7%, en el Sur global saltan del 2,9% (China) a niveles del 7%–11% (México, Sudáfrica o Brasil), y llegan a 16,4% en Turquía.
Se trata, según el informe, de costos que muchas veces reflejan “aspectos estructurales de la arquitectura financiera internacional más que fundamentos económicos”. En otras palabras: la prima que pagan los países en desarrollo está anclada a un sistema que se precifica en dólares y penaliza estructuralmente a quienes están en la periferia de ese circuito.
Obstáculo estructural
La conclusión de UNCTAD es que la volatilidad financiera se convirtió en un “obstáculo estructural y persistente” para el comercio y la inversión, y ha dejado a la economía global “al borde del abismo”.
El comercio mundial crece, pero lo hace sobre una base frágil: el impulso de comienzos de 2025 —con un aumento cercano al 4% por adelanto de importaciones frente a cambios arancelarios— se diluye cuando se observa el crecimiento subyacente, que se ubica en apenas 2,5–3% y se proyecta a moderarse aún más por el peso de las condiciones financieras.
Commodities en papeles, no en granos
Al mismo tiempo, la “financiarización” extrema de los mercados de commodities profundiza la desconexión entre economía real y flujos de capital. En las grandes traders de alimentos, más del 70% de los ingresos proviene ya de operaciones financieras sobre derivados, y no del movimiento físico de las mercaderías.
El informe muestra que en firmas como Glencore ese porcentaje llega al 86%, y supera el 70% en Bunge o ADM. El precio del alimento que sale de un puerto agrícola del Sur está cada vez más determinado por instrumentos negociados en dólares en plazas financieras globales, no por la simple lógica de oferta y demanda local.
En este contexto, la retórica sobre “reconfiguración de la globalización” convive con un dato muy concreto: el núcleo de la arquitectura financiera sigue concentrado, dolarizado y crecientemente determinante. El Sur gana peso en producción, comercio e inversión, pero su participación en los mercados financieros es todavía marginal: excluyendo a China, apenas 12% del valor bursátil mundial y cerca del 6% de la emisión de bonos. Produce, exporta y atrae IED, pero financia esa dinámica a tasas más altas, con monedas más débiles y bajo reglas que no controla.
















