El mundo se debate cómo bajar a la realidad cotidiana las grandes tendencias que modelan la economía, el empleo y la sociedad en su conjunto.

Una de esas grandes autopistas es la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías vinculadas a la economía del conocimientoLa otra es la reconfiguración completa de las cadenas globales de valor, donde la producción pasó -gradualmente primero y violentamente después- del off shoring o tercerización (principalmente en China) al nearshoring o friendshoring, es decir, buscando socios más cercanos o menos afectados por la geopolítica.

Y la tercera gran avenida es la sostenibilidad, un concepto que nació fuertemente vinculado al cambio climático y a la necesidad de cuidar la tierra y el ambiente, en tanto única gran fábrica global.

Auditoría

Por estos días, los líderes del mundo están reunidos en una nueva cumbre por la acción ambiental para ponerse de acuerdo en cómo enfriar un mundo recalentado, que amenaza con derretirnos a todos si no hacemos algo a tiempo.

En estos días se desarrolla la cumbre de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, conocida como COP28, donde se termina una de las fases marcadas por el Acuerdo de París: el gran inventario global de dónde está parado el mundo en materia de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero, la adaptación al proceso del calentamiento global y la movilización de apoyo financiero para los países vulnerables.

Se analizará si hubo avances, o sólo promesas. Se revisará si el mundo está comprometido en parar la mano, o si no queda otra que esperar que el hombre se adapte al cambio climático. Y se pondrá en blanco sobre negro si las naciones más industrializadas y ricas -y por lo tanto, las más contaminantes- están dispuestas a financiar la transición hacia un mundo con un nuevo sistema energético integral, renovable, limpio y sostenible.

Conspiración

Es difícil a esta altura sostener que el cambio climático es un “invento” o una conspiración. O tal vez no. Tal vez pase como con la pandemia de covid-19 que parece tan lejana hoy, donde muchos también aseguraron que había un negocio detrás, o que era un invento perverso de laboratorios o cualquier otra teoría.

Es cierto que en la historia del mundo se registraron muchos picos de inestabilidad climática. Lo que hoy se discute es la repetición, frecuencia y escala que están teniendo estos picos.

Y lo que hoy se sabe es que no hay aleatoriedad en estos fenómenos, sino explicación científica con argumentos y razones de por qué ocurre lo que ocurre: la quema sistemática de combustibles fósiles y la deforestación nunca fueron tan grandes y la temperatura del globo nunca fue tan alta. De allí, el impacto medible. 

Aunque, claro está, también se puede no creer que esto sea así. 

Jurídicamente vinculante

Lo que no se puede negar es que el Acuerdo de París es un tratado internacional sobre el cambio climático jurídicamente vinculante, que fue adoptado por 196 Partes en la cumbre de París de diciembre de 2015 y que entró en vigor el 4 de noviembre de 2016.

Su objetivo es limitar el calentamiento mundial, es decir, mantener el aumento de la temperatura global por debajo de los 2 °C en comparación con los niveles preindustriales, y a realizar esfuerzos para limitar el calentamiento a 1,5 °C. 

Más de 70 países, que representan el 76 % de las emisiones mundiales, han hecho la promesa de alcanzar el objetivo de cero emisiones netas. Mientras tanto, los costos de las tecnologías con bajos niveles de emisión de carbono han disminuido y las capacidades de estas han aumentado.

Agente sensible

¿Por qué hablar de cambio climático? Porque es especialmente sensible para el comercio exterior.

En primer lugar, porque es justamente el transporte de mercaderías por todo el mundo, a través de millares de buques que navegan por todos los océanos, el principal factor de emisiones de gases responsables del efecto invernadero. 

Decir que la industria marítima, es “la” responsable es reducir el problema al agente visible. El transporte es un medio que vincula dos partes. En este caso, a importadores y exportadores. Empresas y países. Y el mundo está diciendo que el comercio propiamente dicho también tiene que hacer su parte para lograr un mundo más sostenible.

En definitiva, es un esfuerzo conjunto, que arranca de la producción y sigue en la trazabilidad de la huella de carbono generada tanto en la elaboración como en el transporte de los bienes que se comercian hasta su punto de consumo final.

Preocupación

Hay sin embargo, una preocupación generalizada. Si volvemos a simplificar el análisis en categorías de países ricos y contaminantes y países pobres que pagan los costos, el temor es que las naciones industrializadas “trasladen” el costo de la conversión energética a terceros.

Es decir, que impongan un nuevo impuesto global. Y la Unión Europea ya dio señales de esto al imponer un “impuesto al carbono”: desde octubre pasado, funciona el Mecanismo de Ajuste de las Emisiones de Carbono en la Frontera (CBAM), esencialmente un impuesto a la importación de productos intensivos en carbono, como cemento, acero, fertilizantes y electricidad. 

La medida fue “ambientalmente” celebrada. Pero tiene un lado “B” también, porque encarece las importaciones, es decir, las exportaciones de terceros países. A la larga, el “cuidado medioambiental” también “protege” a la industria europea.

Resabio de subsidio

Así como los subsidios históricos al agro impuestos por la Unión Europea se justificaban con “mantener a la población rural” en su lugar de origen -y así frenar una migración masiva a los grandes centros urbanos- el temor fundado es “usar” el argumento del cambio climático para encarecer los productos lejanos, imponiendo un impuesto a la distancia, hasta tanto la industria marítima se transforme por completo y reduzca sus emisiones. Dicho sea de paso, el gasto o inversión en la transición energética será cobrado a la carga.

El corolario es simple: a más cercano el comercio, menos contaminación. A más lejano, más cooperación al cambio climático.

De hecho, la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, Unctad por sus siglas en inglés, hizo un mapa de al menos 1000 medidas para arancelarias que introdujeron 100 países bajo la máscara del impacto ambiental.

Afectados

Ahora bien: ¿Cuál es uno de los países productores de alimentos más importantes del mundo y que, a su vez, está más alejado de los centros de consumo? Argentina.

No ignoramos la sincera preocupación mundial por el calentamiento global y los compromisos asumidos para enfriar la tierra.

Pero sería necio no reconocer que la historia del comercio está plagada de argumentos funcionales, y muchas veces capciosos.

Los subsidios agrícolas que mencionábamos antes mantienen precios artificialmente elevados en los alimentos y llegaron a bloquear en más de una oportunidad el acuerdo de comercio con el Mercosur.

Es de esperar que no se especule económica y comercialmente con algo que pone en riesgo a futuras generaciones, y se sostenga artificialmente una industria o sector penalizando la competencia “lejana” con el argumento de la huella de carbono.

Todo dependerá de la habilidad de los negociadores para disipar el “smog del comercio”, y de las alianzas que se puedan tejer con países alejados y productores de materias primeras como la Argentina.


Imagen de portada: Midjourney