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La violenta explosión social en Chile llevó al gobierno de Sebastián Piñera a suspender la Cumbre de Líderes de APEC (Asia-Pacific Economic Cooperation, en español Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico) y la COP25 (Cumbre Global del Clima).

Esto demuestra la magnitud de la crisis social y política en Chile, la crisis de gobernabilidad que enfrenta el país y, al mismo tiempo, pone una lápida al sueño de Piñera de constituirse en líder internacional de las causas del libre comercio y del cambio climático.

La suspensión de la Cumbre APEC representa para el gobierno de Chile un doble fracaso: uno, no haber planteado una agenda acorde con los desafíos actuales del escenario global y dos, no haber llegado a concretar el encuentro.

El contexto internacional de APEC 2019

La economía mundial está enfrentando un proceso masivo de desaceleración económica, básicamente como resultado de la guerra comercial de Trump contra China y otros socios comerciales.

Según el FMI, esta desaceleración abarcaría al 90% de los países.

El FMI estima el crecimiento mundial para 2019 en 3%, el menor valor en décadas, exceptuando los años de recesión mundial (2009, 2001).

Estados Unidos crecería este año y el próximo en torno a 2%, lejos del 4% ofrecido por Trump en su campaña; la UE apenas 1,2% este año.

El FMI estima el crecimiento mundial para 2019 en 3%, el menor valor en décadas, exceptuando los años de recesión mundial (2009, 2001). De acuerdo con las proyecciones del organismo internacional, la desaceleración abarcaría al 90% de los países.

Valores recesivos

Alemania se encuentra en virtual recesión. EE.UU. en recesión de su manufactura, en tanto la guerra comercial de Trump ha llevado a que el comercio mundial de bienes crezca apenas 1,2% en 2019 y 2,7% en 2020, en la medida que amainen las disputas comerciales.

Estos valores no tienen precedentes, salvo en períodos de recesión internacional. A modo de ejemplo, el comercio internacional de bienes creció a un ritmo de 7% anual entre 1997 y 2006, y al 5% anual entre 2001 y 2010.

El Reino Unido parece encaminarse a un Brexit duro y enredado, afectando sus proyecciones de crecimiento y las de la UE. Japón y Corea del Sur están enfrascados en una disputa comercial-tecnológica que replica argumentos y métodos de Trump.

El debate económico en EE.UU. alerta sobre una creciente probabilidad de recesión en 2020, en tanto Trump presiona a la Reserva Federal por nuevas rebajas en la tasa de interés para hacer frente al debilitamiento de la inversión y de las exportaciones norteamericanas.

APEC Santiago y el “fin de la guerra comercial”

“Las negociaciones comerciales en Washington tuvieron éxito, con acuerdo entre China y EE.UU. en materia de propiedad intelectual, finanzas y agricultura.”

Así subtitulaba el periódico económico chileno El Pulso el 12 de octubre, con similar optimismo al que conocimos de la misma prensa con ocasión del encuentro Trump-Xi Jinping en diciembre 2018 en Buenos Aires, en el contexto del G20.

En esta oportunidad, el optimismo incluía una cuota importante de “orgullo nacional” pues el título principal fue “Chile será el escenario donde EE.UU y China firmen el comienzo del fin de la guerra comercial”, aprovechando la Cumbre de Líderes de APEC que se realizaría en Santiago, el 16 y 17 de este mes.

Los acuerdos que consigue Trump son mejor en Twitter que en la realidad.

Trump habló de “un acuerdo de fase uno”, el que recogería “compromisos en propiedad intelectual, servicios financieros y un gran acuerdo para los agricultores con compras chinas por 40.000 a 50.000 millones de dólares, lo que equivale a 2,5 o 3 veces lo que China ha comprado en su punto más alto”.

Mejores noticias aún pues “tras la firma de este pacto, partirán de inmediato las rondas de negociación para la fase dos y definitiva”.

Trump y sus acuerdos para Twitter

Ya deberíamos tener claro que los acuerdos que consigue Trump son mejor en Twitter que en la realidad.

Sus tweets eran desbordantes: “El mejor acuerdo en la historia para nuestros patrióticos agricultores”; “La negociación fue un festival de amor”.

Ahora, ¿qué fue lo que efectivamente se logró?

Difícil saberlo pues inmediatamente después de los excesos twiteros de Trump, funcionarios chinos le bajaron el perfil al supuesto acuerdo y hablaron de que ambas partes “acordaron hacer esfuerzos para llegar a un acuerdo final”.

Seamos claros, a estas alturas del conflicto que ambas partes acuerden que les gustaría llegar a un acuerdo no es un mal resultado, considerando el adverso impacto de esta disputa sobre la economía mundial.

Que el débil estado de la economía mundial no se agrave es bienvenido, pero de ahí no se sigue que la probabilidad de un amplio y profundo acuerdo haya crecido.

El “festival del amor” y un lapsus

De hecho, a menos de una semana del “festival de amor”, Mnuchin, el Secretario del Tesoro norteamericano, reconoció que falta poner el acuerdo por escrito y que eso demorará un par de meses, de modo de poder firmarlo en la reunión de APEC que se haría en Santiago (curioso que Mnuchin hablase de un par de meses pues el encuentro APEC sería sólo un mes después).

Cualquier negociador comercial sabe que, si el acuerdo no está escrito, no hay acuerdo pues el diablo está en los detalles y en la letra chica. Por tanto, si en la visión de Mnuchin faltarían dos meses para concordar la redacción del acuerdo, es claro que tal acuerdo está lejos de existir.

Aspiraciones y realidad

La cobertura de lo supuestamente acordado es muy acotada respecto de los múltiples objetivos que EE.UU. se ha planteado en esta disputa con China:

  • Resolver el abultado superávit comercial que China mantiene con USA.
  • Fin a los subsidios chinos a sus manufacturas
  • Apertura del mercado chino a empresas financieras y de seguros  norteamericanas.
  • Apertura del mercado de compras públicas chinas a empresas norteamericanas.
  • Apertura del mercado automotriz a vehículos producidos en USA.
  • Terminar con “el robo” de propiedad intelectual.
  • Terminar con la ciberpiratería de secretos comerciales de empresas norteamericanas.
  • Terminar con la “manipulación cambiaria” que China estaría llevando a cabo para debilitar artificialmente su moneda.

Probabilidad cero

Es claro que mientras más amplia sea la cantidad de objetivos que EE.UU. se plantea resolver, mientras más profundas sean las rectificaciones exigidas a China y cuanto más rápido se deseen estas modificaciones, entonces la probabilidad de un acuerdo estable se reduce a cero.

Resolver el abultado superávit comercial que China mantiene con Estados Unidos y poner fin a los subsidios chinos a sus manufacturas son algunas de las metas que Trump había planteado inicialmente.

Por ahora, la llamada fase uno parece limitarse exclusivamente a que China eleve sus compras agrícolas a USA. Si Trump se contenta con ello, quiere decir que está muy preocupado por las consecuencias de su accionar sobre la economía norteamericana.

Guerra tecnológica más que comercial

No hay que perderse en la maraña de los medios financieros: la guerra comercial es sólo una parte menor del conflicto.

En rigor, se trata de una pugna por la hegemonía global en lo que resta del siglo XXI, con énfasis en la dimensión tecnológica. De allí el enconado esfuerzo de la administración norteamericana de bloquear la expansión de los negocios de Huawei.

EE.UU. inició esta guerra alegando desbalance comercial pero luego profundizó la disputa alegando incumplimiento chino de sus compromisos en subsidios industriales y robo de propiedad intelectual.

Más argumentos

Luego agregó la “manipulación cambiaria” y la amenaza a la seguridad estratégica.

Mike Pence, el vicepresidente norteamericano fue explícito en su discurso del 4 de octubre de 2018 en el que definió a China como su principal adversario, explicando que el objetivo de la administración Trump era enfrentar y doblegar a China en todos los planos: comercial, industrial, tecnológico y militar.

La guerra comercial, en rigor, es una guerra tecnológica.

USA combate la iniciativa Made in China 2025 y bloquea el desarrollo de Huawei, el mascarón de proa de la internacionalización de las empresas chinas.

Varios de los ambiciosos objetivos de Made in China 2025 suponen un exitoso despliegue de las redes 5G y de la internacionalización de Huawei.

Todos contra Huawei 

La presión que USA ejerce en sus aliados de Europa, Asia, Europa y América Latina para que bloqueen el acceso de Huawei al tendido de sus redes 5G se basa en argumentaciones genéricas, no suficientemente comprobadas, y en fallas de sus equipos que también las comparten otras marcas occidentales, incluida Apple.

Huawei lidera hoy el desarrollo de las redes 5G.

Lo que muchos llaman “guerra comercial” es en realidad una pugna por la hegemonía global en lo que resta del siglo XXI, con énfasis en la dimensión tecnológica. De allí el enconado esfuerzo de la administración norteamericana de bloquear la expansión de los negocios del gigante chino Huawei.

Estas redes inalámbricas ultrarápidas (40 veces más rápidas que 4G), son claves en las tecnologías disruptivas que moldearán las políticas públicas de las próximas décadas.

Big Data, IA (Inteligencia Artificial), IoT (Internet de las Cosas), computación cuántica y robótica avanzada favorecen la electromovilidad, vehículos autónomos, energías renovables no convencionales, telecirugías, ciudades inteligentes, combate al cambio climático, entre otras.

Capitalismo de los datos

La construcción y gestión de las redes 5G es hoy el principal campo de batalla por la hegemonía tecnológica del siglo XXI en la actual fase de la globalización: Capitalismo de los datos. Esto es, economía digital basada en el más amplio stock posible de datos conectados y procesados.

Por lo anterior, resulta demasiado ingenuo pensar que se pueda conseguir un acuerdo USA-China amplio, profundo y de larga duración.

Algo distinto es que Trump, presionado por las cifras económicas y por la amenaza del impeachment (juicio político) esté dispuesto a un acuerdo menor, concentrado en agricultura, sin ir más allá de ofertas chinas de compras que ya estuvieron en la mesa de negociaciones desde mediados de 2018 y que él podrá inflar con su retórica twittera, contando con una buena caja de resonancia en los medios de prensa occidentales.

Crisis del multilateralismo y primer año de una nueva era

2018, año de inicio de la “guerra comercial”, es el fin de la ilusión de “atraer China al mundo occidental”.

Cuando China ingresa a la OMC, en 2001, se habló de “disciplinar a China” (lo dijo R. Zoellick), convencidos de que, más temprano que tarde, China se amoldaría a los patrones occidentales de economía de mercado y democracia liberal.

Eran los años de la caída del Muro de Berlín, la desaparición del bloque soviético y la euforia con “el fin de la historia” (Fukuyama).

Ya en 2018, China era la economía más grande del mundo, medida en PPP (Paridad del Poder Adquisitivo); la primera potencia manufacturera; el principal exportador de bienes; el principal acreedor de USA y encabeza la lucha por las redes 5G, compitiendo muy de cerca con USA en patentes, innovación y nuevas tecnologías.

Es en ese contexto que Trump lanza su “guerra comercial” y luego tecnológica y hegemónica.

Es por eso también que Trump empieza a bombardear el multilateralismo, cuestionando a la ONU; abandonando el Acuerdo de París; negando el cambio climático; saliéndose del TPP  https://www.tpp.mfat.govt.nz/  y cercando a la OMC.

USA ha boicoteado la nominación de jueces para el Organo de Apelación de la OMC, llevándolo a un punto en que ya el 12 de diciembre este Órgano dejará de operar.

Eso significará una ventana abierta para el proteccionismo y una amenaza de muerte para la propia OMC, por de pronto ya bloqueada en la posibilidad de conseguir acuerdos comerciales.

Bloqueada ahora su función de arbitraje en las controversias comerciales, el espacio quedará abierto para que el unilateralismo predomine en las relaciones comerciales. Esto podría ser un retroceso de décadas.

La esquizofrénica agenda del avestruz

Esta es la verdadera agenda que debería debatirse en APEC 2019: cómo evitar la guerra comercial y cómo preservar y renovar el multilateralismo comercial; cómo reformar y modernizar la OMC, adecuándola a los desafíos del siglo XXI.

El gobierno chileno, sin embargo, optó por una agenda que, como el avestruz, esconde la cabeza en la arena para intentar negar el conflicto.

En plena guerra comercial y crisis del multilateralismo, el gobierno propone dialogar sobre economía digital y servicios; conectividad; mujer y desarrollo económico, incluyendo en varios de ellos énfasis en las Pymes y en la protección al consumidor.

Todos ellos son temas relevantes, pero obviamente subordinados a la necesidad de recuperar y potenciar un comercio con reglas consensuadas y no sometido a la lógica del más fuerte.

Como el cura Gatica

La agenda propuesta es además bastante esquizofrénica y asemeja a la del cura Gatica (que predica y no practica) pues en el plano nacional las brechas existentes en estos planos son siderales.

Estamos perdiendo pues una oportunidad histórica para haber incidido en un tema crucial en las perspectivas de la economía mundial.

Chile perdió la oportunidad de liderar este proceso, aprovechando la presencia en la Alianza del Pacífico  de más de una cincuentena de observadores, incluyendo a los 28 miembros de la UE.

De haber contado con esta visión estratégica, Chile podría haber colaborado para sembrar una semilla adicional de convergencia entre la Alianza del Pacífico y Mercosur, incorporando a la región en ese debate multilateral impostergable.

Miopía y populismo del otro lado de los Andes

La miopía y búsqueda populista de protagonismo de corto plazo llevó a que el Presidente Piñera prefiriese el pantallazo en Cúcuta o en promover organizaciones de fantasía y de corta vida como PROSUR, desechando políticas más inteligentes y de proyección estratégica como la defensa del multilateralismo.

Una lástima.

Chile y la región perdieron una buena oportunidad para construir posturas unificadas en torno a la defensa y renovación del multilateralismo comercial.

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