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Según se cuenta, durante la Segunda Guerra Mundial, un oficial nazi irrumpió el piso parisino del artista Pablo Picasso y, al ver una fotografía del célebre cuadro Guernica, preguntó al artista si lo había hecho él. “No, ustedes lo hicieron”, respondió Picasso.

El aislamiento obligatorio a raíz del COVID-19 ha visibilizado algunas realidades vinculadas al funcionamiento del Estado que invitan a una profunda reflexión.

La pandemia no ha vuelto al Estado más ineficiente, sino que ha desnudado la ineficiencia que a esta altura es atávica. 

Para no generalizar, ni simplificar, así como en algunas áreas la creatividad aliada a la tecnología ha permitido que funcionen actividades esenciales, en el ámbito comercio exterior, entre ellas la Aduana, el vínculo entre administrado y servicio público ha quedado entre paréntesis, sobre todo en esferas de los procedimientos reglados, más allá de los operativos en los cuales han establecido prioridades. 

No se quiere desmerecer la ingente tarea que han hecho y hacen muchos profesionales para dar curso a los temas más urgentes, por el contrario, son los buenos funcionarios los que sufren precisamente por este atraso y falencias.

Emergencia y urgencia

Si la emergencia es, literalmente, lo que resulta visible tras haber estado sumergido, cuando ésta se canaliza lo que aparece la urgencia. En medicina una emergencia es un estado más grave que el de una urgencia, pero abordada y atendida la primera, hay que ocuparse de la segunda, y de las cuestiones importantes como es la gestión del Bien Común. 

Me permito escapar de la simplificación maniquea entre salud y economía, que nos sume en una pereza mental para enfrentar la complejidad. 

Daniel Innerarity, catedrático español, autor de Una teoría de la democracia compleja: gobernar en el siglo XXI sostiene que la democracia es un proceso.

“Una democracia de calidad –dice– es más compleja que la aclamación plebiscitaria; en ella debe haber espacio para el rechazo y la protesta, por supuesto, pero también para la transformación y la construcción; el tiempo dedicado a la deliberación es mayor que el que empleamos en decidir (…) Tampoco hay una alta intensidad democrática cuando la ciudadanía tiene una actitud que es más propia del consumidor pasivo, al que se arenga y satisface en sus deseos más inmediatos y al que no se le sitúa en un horizonte de responsabilidad”.

Asumiendo el concepto de democracia compleja, entiendo que en los tiempos que corren los mecanismos tendientes a dar curso a los trámites que garanticen el debido proceso en los procedimientos aduaneros y de distintas gestiones del comercio exterior –como las investigaciones del dumping– debe implementarse de inmediato, comenzando en una co-construcción con el aporte de todos.

Diálogo fecundo

 Y es que la gestión del Estado, aún más en tiempos de excepción, merece un diálogo fecundo. El cometido de la cosa pública merece deliberaciones, más allá de que la ejecución sea responsabilidad de quien gobierna, la toma de decisiones debiera ser el fruto de oídos atentos y de intercambio de pareceres. 

Ese cometido debe asumir la perplejidad, porque la tarea inherente del servicio público no se desenvuelve solamente en una situación ideal de absoluta tranquilidad y paz, sino también en una realidad cambiante y llena de incertidumbre. Si en los tiempos de excepción el Estado pone en letargo los procedimientos, mal asunto. 

Se sabe que a través de diversas normativas se ha decidido suspender los plazos a los efectos de preservar el debido proceso, empero, la realidad indica que no basta el “no hacer” sino el promover una tarea proactiva para que la tutela jurídica deje de hibernar y avance, con los debidos cuidados y armonización de intereses. 

El diálogo supone escuchar al otro, esto es, validarlo y legitimarlo desde su identidad. No se lo construye desde la negación o indiferencia. Dice el filósofo coreano Byun-Chul Han: “La escucha tiene una dimensión política. Es una acción, una participación en la existencia de otros, y también en sus sufrimientos. Es lo único que enlaza e intermedia entre hombres para que ellos configuren una comunidad”.

Es que la visión unilateral de un Estado omnipresente desde las iniciativas y gestiones de políticas públicas no solamente aparece anacrónica sino inconveniente.

La posición de un Estado que impone y dispone las necesidades y prioridades de la cosa pública, asumiendo que solo él tiene la palabra autorizada porque les han sido dadas potestades legales y reglamentarias para fundamentar y sostener dichas iniciativas, va en contra de los principios elementales del Estado de derecho republicano, en la cual la participación ciudadana aparece como una de las banderas más emblemáticas  

Hoja de ruta para el diálogo

Desde esta visión conceptual en la actual coyuntura, las autoridades, si es que no lo hicieron, después de 70 días de aislamiento, debieran generar una mesa de diálogo efectiva con todos los actores para dar pasos concretos para activar el trámite en los distintos procedimientos de investigación tanto aduaneros como en otros sectores del comercio exterior.

¿Cómo hacemos para generar protocolos que permitan atender las demandas de procedimientos ajustados a derecho? 

Queda claro que con ventanillas cerradas, con suspensión de plazos y por ende, con interrupción de diligencias para activar esos procedimientos, extremadamente lentos por innumerables cuestiones pendientes que son archiconocidas como cúmulo de trabajo, falta de personal, etc. las respuestas no aparecen como adecuadas ni para las urgencias, ni para lo importante. 

Si, como parece, el aislamiento preventivo tiene un largo recorrido todavía, se impone la necesidad de la creatividad a la hora de buscar soluciones. Pueden asumirse las dificultades y el sometimiento a nuevas modalidades, pero ello no debería implicar que los derechos de los administrados sigan en paréntesis.

Las herramientas informáticas, aun las más elementales como el correo electrónico, pueden resultar aliados para los trámites. Atenciones escalonadas, sistemas de turnos, consultas telefónicas, se presentan como algunas de las medidas simples y concretas que pueden intentarse, en la intensidad que lo permitan las disponibilidades del personal. 

Protocolizar el diálogo

Si en distintos ámbitos se han discutidos protocolos para esta nueva realidad, no se advierte la razón por la cual no es ni siquiera posible dialogar sobre estas cuestiones. Existen instituciones de profesionales que puede obrar como interlocutores válidos. 

Pero no sólo para asumir lo eventual, lo emergente. “El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos”, decía Marcel Proust. 

Y es que, con el perdón de Perogrullo, si la nueva normalidad vino para quedarse, el diálogo es el desafío que debemos asumir para un cambio de paradigma, para una nueva mirada desde el cual abordar este servicio a los administrados. Lo extraordinario se vuelve ordinario. 

Un verdadero Estado solidario, que haga carne, esa determinación firme y perseverante tendiente al bien común tiene un claro mandato de entramado de deberes y de tareas y es Él quien debe asumir y orientar este diálogo

Así como Picasso retrató el horror de los bombardeos sobre Guernica, la Pandemia es espejo y advertencia de un Estado demasiado grande para algunas cuestiones, pero demasiado pequeño, demasiado limitado como para darse el lujo de no contar con otros actores en el escenario del Bien Común.


El autor es abogado especialista en Derecho Aduanero y comercio exterior, y profesor en la Diplomatura de Derecho Aduanero Universidad Austral

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