A 80 kilómetros al norte de Lima, Perú, el megapuerto de Chancay emerge como la obra marítima más ambiciosa de Perú en décadas y, probablemente, como uno de los proyectos más influyentes para el comercio internacional en toda Sudamérica (y con poco que envidiarle a grandes proyectos portuarios globales).

Su relevancia, sin embargo, trasciende lo logístico: mientras promete transformar la competitividad de la región, se ha convertido también en un punto neurálgico (y obvio) de la disputa entre China y Estados Unidos.

Las ventajas de Chancay

El puerto, construido con una inversión de US$ 3500 millones y liderado en un 60% por Cosco Shipping Ports, permitirá reducir hasta un 40% los tiempos de transporte marítimo entre Sudamérica y Asia, pasando de 35 a 23 días. Para países sin litoral como Bolivia y Paraguay, la obra abre una ventana inédita: acceso más directo y competitivo a los grandes mercados asiáticos.

El salto tecnológico es igualmente significativo. Chancay opera con sistemas de reconocimiento facial, red 5G de Huawei y vehículos autónomos, lo que lo coloca entre los puertos más avanzados del mundo, con un altísimo nivel de automatización.

Aunque aún en fase de expansión —pasará de 4 a 15 muelles—, ya procesó US$ 1000 millones en transacciones durante su etapa de prueba y generó US$ 140 millones en ingresos fiscales.

Suspicacias norteamericanas

Pero el consenso económico choca con un frente político delicado. Desde Washington, la jefa del Comando Sur, general Laura Richardson, advirtió que el puerto podría tener un eventual uso militar por parte de China. El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales lo calificó como un proyecto de “alto riesgo” y el subsecretario de Estado Brian Nichols alertó sobre una posible “dependencia estratégica” hacia Pekín.

Las referencias a otros casos, como el arrendamiento del puerto de Hambantota en Sri Lanka o la base dual de Gwadar en Pakistán, alimentan la desconfianza estadounidense.

Respuestas sino-peruanas

En Lima, las respuestas no se hicieron esperar. El embajador chino Song Yang negó cualquier propósito militar, insistiendo en el carácter “puramente comercial” del emprendimiento. Por su parte, el ministro de Economía peruano, Alex Contreras, aseguró que Perú “no cederá soberanía” y que la obra se desarrolla bajo garantías legales que preservan el control nacional.

La discusión también se amplifica por el contexto global. En Estados Unidos avanza un proyecto de ley que busca sancionar con aranceles a países que mantengan vínculos energéticos con Rusia, lo que podría complicar indirectamente proyectos ligados a empresas chinas o indias. Aun así, India ha mostrado interés en integrarse a las nuevas rutas que unirán el Indo-Pacífico con América Latina, ofreciendo alternativas de inversión y tecnología.

Recomendaciones del Social Research Center

Expertos consultados por el Social Research Center (SRC) coinciden en que detener Chancay no es opción. Recomiendan, en cambio, mitigar los riesgos diversificando socios internacionales —incluyendo europeos y asiáticos no alineados—, estableciendo marcos regulatorios sólidos y garantizando una supervisión estatal constante.

El desafío, concluye el SRC, será mantener un equilibrio delicado: aprovechar al máximo los beneficios logísticos y comerciales que traerá el puerto sin quedar atrapado en las tensiones geopolíticas que lo rodean. En esa balanza se juega no solo el futuro de Chancay, sino también la proyección de Sudamérica en el mapa del comercio global.