Para entender la gestión del Estado en la Argentina no alcanza con las teorías políticas y económicas de los últimos dos siglos. Incluso, parece que no sirven las teorías, sino las mitologías o fábulas.

Llega un momento en que todo parece inviable y extraordinario a la vez, todo acto es fungible porque el tiempo nunca es suficiente y toda explicación es inútil ante la fatal combinación de ansiedad y descreimiento de la sociedad.

En ese deambular social en el que todos caminamos, nos sigue la nube de “esto ya lo vivimos”, “esto no va a poder ser”. 

Fábulas y alegorías

En la narrativa de Javier Milei, se eligió la alegoría del León, un rey rugiente que tiene a todos a raya, para representar su rol en la administración. 

Es de esperar que esta imagen se replique en cada uno de los estamentos del Estado que Milei odia, pero necesita para administrar una república democrática como la Argentina. 

Uno de los estamentos que necesitaría un león recorriendo despachos y mesas de entrada es la Aduana: más antigua que el Estado argentino y con una historia oscura que la recorrió siempre por debajo.

Llevar a la práctica las ideas de Milei, en la Aduana, sería fabuloso. En el sentido estricto de la palabra, es decir, de “fábula”: un relato con una moraleja. 

Moderna, transparente, innovadora

Además de achicar el Estado a su mínima expresión, la gesta de Milei incluye otras epopeyas en la que otros gobiernos se esforzaron y avanzaron algo, sólo para que los que siguieron deshicieran lo hecho: por ejemplo, que la administración que quede sea moderna, transparente, innovadora y liberadora de las fuerzas productivas, encadenadas por décadas por un Estado opresor e intervencionista.

Días atrás, se difundió la disposición 14/2024 de la Aduana en este sentido justamente: se presentó el Proyecto de Modernización, Innovación y Transparencia de la Aduana. Dicho de otra manera, una aduana al servicio del comercio exterior, facilitadora de las operaciones y baluarte de la competitividad.

No es justo juzgar intenciones. Menos, las de un gobierno con menos de 6 meses de gestión. Pero si le preguntan a cualquier actor del comercio exterior sobre la posibilidad de modernizar la Aduana, las reacciones esperables irán desde la carcajada incrédula, a la sonrisa desconfiada y, por qué no, a un suspiro de esperanza.

Y sin embargo, lo esperable es que ningún Gobierno deje de intentarlo, a pesar de que la experiencia demostró que es poco probable: lograr que la Aduana esté al lado del exportador e importador, no enfrente.

Objetivos

Uno de los objetivos del programa es la instrumentación de la Inteligencia Artificial. Hay muchos motivos detrás del recurso a la analítica compleja de datos con tecnología, como la celeridad por ejemplo. Pero el más importante es la minimización de la discreción del funcionario de Aduanas, o del poder que viene con el cargo, y que no siempre es acompañado por la responsabilidad. 

La digitalización de procesos será otra de las espadas de un proyecto que abunda en ideales como simplificación, automatización, eficiencia, transparencia, la rápida resolución de conflictos, hasta otros que no se entiende cómo (¿o sí?) no se instrumentaron hasta ahora como la  publicación de la normativa aduanera de una manera accesible.

Parafraseando a Churchill -frente a la Aduana de hoy y el proyecto lanzado- un optimista verá la oportunidad ante el estado calamitoso de las cosas, y el pesimista verá calamidades frente a la oportunidad de cambiar las cosas.

Extremos al margen, el realista mirará hacia el pasado y reposará en la acumulación estadística de la experiencia para saber qué esperar. En definitiva, son las personas las que hacen que las cosas sucedan, no los proyectos ni las normas.

Una curiosa digresión final: el proyecto de modernización y transparencia lleva la firma de Rosana Lodovico, directora de aduanas que debió dejar el organismo con denuncias en su contra.


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