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No sólo no era una moda pasajera, sino que lo que empezó siendo voluntario se ha transformado con el paso del tiempo en una condición obligatoria, al punto de habilitar el ingreso a un mercado o la posibilidad de ser proveedor de alguna firma. Operar de manera sustentable, teniendo al triple impacto como mantra a la hora de definir el modelo de negocio, aparece hoy como el único camino viable si lo que se quiere es lograr una internacionalización sostenible en el tiempo.

La cuestión fue el eje de la quinta charla del ciclo Tendencias en el comercio internacional, organizado por la Cámara de Industria y Comercio Argentino Alemana.

Flavia Painelli, Directora de Supply Chain Norteamérica para la unidad de negocios farmacéutica packaging de Schott; Federico Laso, ingeniero industrial, con posgrado en agronegocios y representante de la empresa El Gauchito GMBH que comercializa alimentos argentinos en Alemania; Dorothea Garff, abogada en el Estudio Beccar Varela; y Mariana Conte Grand, Economista Senior en Desarrollo Sostenible en el Banco Mundial y profesora de Economía Ambiental y de Microeconomía Avanzada en Ucema, debatieron sobre la necesidad de conciliar la sustentabilidad en el sentido más amplio, con los negocios.

El nuevo glosario

Quienes operan (o quieren hacerlo) en comercio internacional deberían conocer –e incorporar- muchos de los términos que marcan y marcarán cada vez más la agenda: Ambientalismo estratégico; Economía ambiental; huella de carbono e hídrica; consumidor responsable; cambio climático; certificaciones medioambientales… Una enumeración rápida podría ocupar varias líneas.

Pensar –y atender- el triple impacto (económico, social y ambiental) que tiene cualquier actividad, es sólo el primer paso.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay.

Con las herramientas de la economía, la economía ambiental piensa los temas del medioambiente. Es una especialidad rara en la Argentina, donde hay muy pocos economistas ambientales. Analizamos cómo son las regulaciones si se quiere diseñar un impuesto verde, estudiamos si a las empresas les rinde ser verdes a través, por ejemplo, del precio de las acciones, y hacemos evaluaciones de impacto en el caso de que se produzca algún daño o accidente”, responde Conte Grand, Doctora en Economía, cuando se le pregunta de qué se ocupan los economistas ambientales.

Luego admite que aún queda mucho por hacer en el país y reconoce que aún no hay demasiados especialistas en la materia, pero que al menos ahora se habla más del tema a nivel empresas y sector público.

¿Paga ser verde?

“En economía hay toda una literatura sobre si paga o no ser verde”, dice antes de describir las cuatro olas de ambientalismo que han tenido las empresas.

Mariana Conte Grand, Economista Senior en Desarrollo Sostenible en el Banco Mundial.

En los años 50/60, se usaban los recursos sin tener en cuenta los impactos. Después llegó el denominado ambientalismo regulatorio, y con él, las quejas porque las nuevas normas aumentarían los costos. Pero luego se entendió que era posible bajar los costos “actuando bien ambientalmente”. Por ejemplo, si uno quiere ser más eficiente usando menos agua, se ahorra al mismo tiempo que se cumple con las regulaciones.

La variación más reciente, comenta Conte Grand, es el ambientalismo estratégico, que es la posibilidad de mirar lo ambiental desde el lado de los costos, entender, por ejemplo, que si cumplís tenés menos multas.

Con la irrupción y multiplicación de los denominados “consumidores responsables” y una creciente cantidad de países instrumentando regulaciones verdes, será cada vez es más habitual que cumplir con ese tipo de medidas se transforme en la llave que habilita el ingreso a nuevos mercados, el acceso a financiamiento más barato, y hasta la posibilidad de participar de compras públicas, explica la economista del Banco Mundial.

Abre puertas

El Gauchito es una empresa alemana que desde hace cuatro años importa y distribuye a nivel mayorista alimentos argentinos de alto valor agregado, gourmet o premium.

Argentina es el noveno productor global de alimentos, y junto con Brasil y Estados Unidos, ocupan el podio de proveedores de la Unión Europea (UE). De hecho, del total de las exportaciones a la Unión Europea (UE), el 60% son alimentos, comenta Laso.

Ergo, la familia de “regulaciones verdes” juega un rol protagónico en nuestras ventas y por lo tanto “hay que poner atención a esas regulaciones, que no son nuevas, pero que antes eran una exigencia del público y ahora los Estados transforman en algo obligatorio”, aconseja Laso.

Como consultor en Comercio Exterior de empresas privadas e instituciones públicas, especialista en internacionalización de empresas de alimentos y agregado de valor en la industria alimenticia, Laso conoce los vericuetos del negocio a la perfección.

Estándares privados

Cuando se le pregunta por el papel de los estándares privados (normas que fijan las empresas más allá de lo que establecen los países), explica que en el sector privado de alimentos la exigencia es siempre superior a la que fijan los Estados, y ni qué hablar si se trata de alguno de los “mercados exigentes”, grupo en el que están Europa, Japón, Australia, Nueva Zelanda, Canadá y Estados Unidos.

Federico Laso, ingeniero industrial, con posgrado en agronegocios y representante de la empresa El Gauchito GMBH que comercializa alimentos argentinos en Alemania.

Y de inmediato suma a esa categoría a empresas que operan en todo el mundo y son “clientes exigentes”, como ocurre con las cadenas de retail, por caso.

Alguna vez Marcelo Elizondo utilizó una figura que sintetiza el peso de esas firmas en el comercio global. “¿Cuál es el mercado que abastece a 250 millones de consumidores por semana? El pequeño país se llama Wal-Mart. El supermercado norteamericano factura 3400 millones de dólares al año, es el primer vendedor al público del mundo”, comentó hace algunos años.

Laso dice que en Europa hay una demanda creciente de productos que cumplen con el triple impacto y que tienen entre sus objetivos algunos de los 17 ODS (los Objetivos de Desarrollo Sostenible, adoptados por los Estados miembros de la ONU en 2015 como un llamado universal para poner fin a la pobreza, proteger el planeta y garantizar que todas las personas gocen de paz y prosperidad para 2030).

El camino de las pymes

“Hay industrias como el té, cacao o café, a las que si no tienen una determinada certificación se les hace imposible acceder al mercado europeo. Es cierto que para las pymes argentinas que hacen productos fraccionados puede resultar complejo y costoso el proceso, o hasta en muchos casos no conocen las tendencias. Muchas empresas pueden decir que se arreglan exportando a mercados menos exigentes, pero es un error, porque se trata de una tendencia que crece en todas partes”, detalla Laso.

Y agrega un dato más que relevante: los menores de 45 años representan hoy más del 60% de los consumidores de alimentos del mundo. “Es una generación con una alta formación en cuidado medioambiental y que exige que un producto alimentario tenga un sello que valide cosas como el Fair Trade (comercio justo). La verdad es que no hace falta una ley porque hoy todo eso parte de las exigencias del público”, dice.

“Hay industrias como el té, cacao o café, a las que si no tienen una determinada certificación se les hace imposible acceder al mercado europeo”, dice Federico Laso. Imagen de Rudy and Peter Skitterians en Pixabay.

Tiempo y dinero

El especialista cuenta que para certificar carne orgánica, por ejemplo, se necesitan tres años para certificar el campo y uno más para la parte frigorífica. Por eso es importante tener una estrategia a largo plazo, aconseja.

Luego cita como buenos ejemplos al sector vitivinícola y olivícola, que vienen trabajando en este camino hace varios años, y comparte una experiencia de pequeños productores para compartir el financiamiento del proceso.

Laso cuenta que hace dos años, 20 pequeños productores de yerba mate y té en Misiones se unieron para certificar Rainforest (agricultura ecológica) y amortizar así el costo de un inspector, con viaje internacional y estadía.

“No hay que tener miedo para afrontar esos costos extra porque hoy, lo que más vale, son los intangibles. El producto en sí mismo cada vez representa un porcentaje menor del valor total. Los servicios y los sellos, las marcas, patentes, el conocimiento y la logística  que acompañan a un producto terminarán teniendo más valor que el producto en sí mismo”, dice.

Hermanados por las exigencias

Flavia Painelli, Directora de Supply Chain Norteamérica para la unidad de negocios farmacéutica packaging de Schott.

Schott es una empresa que se dedica a la fabricación de vidrios especiales en general. La empresa 7 unidades de negocio apuntadas a distintos tipos de industrias. Painelli trabaja desde hace 10 años en la unidad de negocios de envases farmacéuticos.

Los medicamentos inyectables deben tener un envase neutro que evite cualquier tipo de deterioro del producto que contiene y para eso se necesita un vidrio especial. Buena parte de lo que circula en el mercado global fue fabricado por Schott.

“Nuestra industria es muy similar a la de alimentos en cuanto a lo estricto de las regulaciones. Necesitamos asegurar la calidad de la cadena de suministros. Somos proveedores de laboratorios, y a su vez tenemos proveedores. Contar con una certificación y demostrar que se cumple con ella, puede ser la diferencia entre que te abran o cierren la puerta como proveedor”, comenta Painelli.

Adaptaciones

Después de haber trabajado en Argentina, China y Estados Unidos, la Directora de Supply Chain Norteamérica para la unidad de negocios farmacéutica packaging de Schott explica que las empresas se esfuerzan en incentivar a sus proveedores para que se dirijan hacia el cumplimiento de este tipo de normativas, pero que el grado de madurez del mercado en el que operan influye en el proceso.

Dice que entre los lineamientos para compras, deben priorizar a proveedores y equipamientos que sean amigables con el medioambiente o que tengan un impacto ambiental reducido.

“Un horno para fabricar vidrio consume una enorme cantidad de energía. La firma está implementando desde el año pasado planes muy fuertes para reducir la huella de carbono. Somos una empresa alemana y como tal debemos seguir la normativa de la UE sin importar donde estemos operando. Si no empezás a reducir tu huella de carbono vas a tener que pagar más impuestos. Por eso cuando preguntan si paga ser verde, respondo que habrá que pagar por no ser verde. Podemos ver el lado más romántico del tema -y el que prefiero como ser humano-, de decir: cuidemos el lugar en el que vivimos. Pero también hay una realidad que es la que hará que las empresas se empiecen a mover: el mundo entero está migrando hacia esto y el que no cumpla tendrá que pagar un costo alto”, dice Painelli.

De Europa a China

Hasta ahora, Europa ha sido la punta de lanza en la mayoría de este tipo de regulaciones, pero cada vez son más los países que se suman y eso incluye hasta a China.

“China tiene un plan 2030 muy fuerte para mejorar el tema de la contaminación. Y cuando China se pone un objetivo, lo cumple. Es un gran consumidor de carbón porque la mayoría de su energía proviene de ahí -el gas que se utiliza es importado-, y eso tiene una alta carga de contaminación”, cuenta Painelli.

Flavia Painelli explica que China tiene un plan 2030 “muy fuerte” que apunta a mejorar la compleja situación ambiental actual. Imagen de Hitesh Choudhary en Pixabay.

Respecto de los costos para afrontar certificaciones o cumplir con este tipo de normativas, enfatiza que “hay muchas cosas que requieren sentarse y ordenar los procesos, no hace falta inversión pero si un gran esfuerzo y mucho entrenamiento de la fuerza laboral, y aun así es muy difícil lograrlo. Cambiar una máquina o un equipamiento requiere de inversión, y para muchos es difícil acceder a ese capital, pero hay muchas otras cosas en las que lo que pedís es que te aseguren que cumplirán siempre con el proceso de modo tal de confiar en la calidad de lo que estás entregando”.

Derecho verde

El 9 de junio, el estudio Beccar Varela ganó el Premio Grunin de Derecho y Emprendimiento Social. La distinción del Centro Grunin de Derecho y Emprendimiento Social de la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York reconoce a los abogados que han desarrollado estructuras innovadoras para ayudar a promover el emprendimiento social y la inversión de impacto.

Dorothea Garff, asociada senior del Estudio Beccar Varela.

¿Cómo incorporan los abogados el concepto del triple impacto en su trabajo? “Así como se trata de pensar la economía para el desarrollo verde podemos pensar al Derecho para seguir esa tendencia y romper con la tradición”, responde Garff.

El reconocimiento fue por el trabajo de un equipo interdisciplinario de Beccar Varela que permitió estructurar un Fideicomiso de la Red Argentina de Municipios frente al Cambio Climático (RAMCC).

La iniciativa hizo que varios municipios de diferentes provincias de Argentina pudieran aunar esfuerzos para el desarrollo conjunto de proyectos con impacto social y medioambiental de forma confiable, transparente, eficiente y escalable.

Beneficios colaterales

“Buscaban instrumentos para nuclear esfuerzos y lograr un impacto mayor, porque no es lo mismo que un solo municipio arme su propio proyecto para el ambiente o con temas de energías verdes, es muy difícil escalarlo y hasta enfrentarlo”, cuenta Garff.

“Eran 15 municipios que querían cambiar sus luminarias, gestionar sus residuos y hacer un estudio técnico para evaluar el impacto de eso. Al unirse podían bajar los costos. Nosotros creamos el vehículo para lograrlo: diseñamos un fideicomiso para generar esos proyectos en conjunto. Y aunque el fideicomiso no es algo nuevo, sí lo era para el sector público. Creamos además dos guías para compras sostenibles y reglas internas. Hicieron una primera prueba piloto que fue muy exitosa en plena pandemia y comprobaron que además de ahorrar un montón de dinero, generaron un impacto mayor, lograron mayor participación en la licitación pública que se hizo para el fideicomiso y pudieron comprar la luminaria muy rápido”, detalla la abogada.

La experiencia es un caso interesante para mostrar los “beneficios colaterales” de actuar bajo la cultura del triple impacto, una forma de hacer negocios que se consolida en todo el mundo.