La OMC es como la democracia: el menos malo de los sistemas conocidos.

Aunque en su célebre definición Winston Churchill hacía referencia al “menos malo de los sistemas políticos”, la frase encaja de modo perfecto para describir lo que hoy representa la Organización Mundial del Comercio, única estructura internacional a cargo de fijar y monitorear el cumplimiento de las normas globales comerciales, blanco de los cuestionamientos de Donald Trump, y una de las protagonistas de la última Cumbre del G20.

¿Qué es y para qué sirve la OMC? Una respuesta simplificada –pero válida- podría describirla como la gran tutora del multilateralismo.

El director general de la OMC, Roberto Azevêdo, durante la útima cumbre del G 20, en Buenos Aires.

Si bien es cierto que uno de sus propósitos es promover el libre comercio, el objetivo central es emparejar el campo de juego comercial mediante el uso de reglas claras e iguales para todos.

En la OMC cada miembro “vale un voto”. Se trata de una organización dirigida por sus integrantes. Nada se puede hacer sin el acuerdo de los 164. El poder reside en cada uno de ellos y se ejerce de modo colectivo, explican en Suiza.

La hermana menor

Se trata de una de las instituciones internacionales más jóvenes. Nació en 1995 como sucesora del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), establecido tras la Segunda Guerra Mundial.

Pero la OMC no sólo es más joven que sus parientes “Bretton Woods” (el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial), engendrados en 1.944 para reconstruir la economía de post guerra y promover la cooperación económica internacional, sino la menos burocrática según explican especialistas en la materia.

Es más, con una mirada productivista, las mismas fuentes apuntan que si se tiene en cuenta la ecuación inversión-logros, el resultado que logra la OMC es “altamente favorable”.

Sin embargo, en tiempos de cambios vertiginosos, eso parece no ser suficiente para asegurar su supervivencia tal como lo conocimos hasta ahora.

El Centro William Rappard, un edificio originalmente construido para albergar a la Organización Internacional del Trabajo, frente al lago Lemán, es la sede principal de la OMC. Allí trabajan sus 628 funcionarios.

La institución que funciona en el Centro William Rappard -un edificio originalmente construido para albergar a la Organización Internacional del Trabajo, frente al lago Lemán- tiene 628 funcionarios (53,4% son mujeres aunque en los puestos de máxima responsabilidad no se ve reflejada esa supremacía) de 79 nacionalidades y múltiples profesiones (predominan los economistas y abogados), y su presupuesto para este año fue de 197,8 millones de dólares.

La conformación de la cuota societaria

La OMC se sostiene con el aporte de cada uno de sus miembros, cifra que se establece en función del volumen de su comercio.

La contribución de la Unión Europea (UE), por ejemplo, representa 33,6% del total (dentro del bloque Alemania concentra 7,1%).

El sistema que establece la cuota societaria para participar del club global del comercio sirve al mismo tiempo para entender la evolución de cada nación en la materia, y China una vez más asoma como el gran ejemplo: mientras hace cuatro años su aporte representaba 4% del total, hoy por su volumen comercial trepó a 9,8% (algo más de US$19millones).

Estados Unidos sigue ocupando el primer lugar con 11,3%; Japón se hace cargo del 4,1% del presupuesto total y Brasil, del 1,3%. El aporte de la Argentina para este año fue de US$761.984, lo que refleja el ínfimo peso de nuestro comercio en el escenario global: 0,389%.

Los países menos desarrollados, por su parte, hacen un único aporte fijado en US$23.235.

El empujón de Trump al debate interno

Si bien es cierto que desde hace rato en el organismo se viene dando un debate interno sobre cómo hacer más efectivo el proceso de negociación, los potentes cuestionamientos del presidente norteamericano parecen haber acelerado los tiempos.

Aunque al interior de la OMC se venía dando un debate respecto de cómo hacer más efectivo el proceso de negociación, los potentes cuestionamientos del presidente norteamericano, Donald Trump, parecen haber acelerado los tiempos.

Aunque es difícil -por no decir imposible- encontrar a alguien que crea que los embates de Trump responden al interés de generar un debate constructivo para mejorar la institución y no a necesidades domésticas y políticas mezquinas, hasta los más fervientes defensores de la OMC admiten que el organismo debe aggiornar sus tiempos y temáticas a las necesidades actuales.

Alcanza con pensar que el sistema multilateral de comercio, originalmente establecido en el marco del GATT, ya superó los 70 años y que en las dos últimas décadas no sólo hemos sido testigos de un crecimiento excepcional del comercio mundial, sino de cambios sustantivos en la manera en la que se vende y compra (comercio electrónico, por caso), en el transporte y la logística (reducción de costos y tiempos, y el uso de drones, entre otras cosas), la relevancia de los servicios y hasta las formas de pago (el surgimiento de criptomonedas tal vez sea el caso más extremo).

De paso por Buenos Aires para participar de la 11 Conferencia Ministerial de la OMC, Jack Ma, fundador de Alibaba, hasta se animó a predecir la “jubilación del contenedor”.

En ese contexto, aunque las discusiones en el organismo se ampliaron más allá de los aranceles incorporando al temario medidas antidumping y no arancelarias, servicios, inversiones, cadenas globales de valor (del hecho en un país al “hecho en el mundo”) y mipymes (micros y pequeñas y medianas empresas), la renovación de la agenda no se hizo a la velocidad que requería la nueva realidad.

Ataque al corazón de la OMC

El Sistema de Solución de diferencias es el corazón de la organización. Sin el, un sistema basado en normas sería menos eficaz. Y fue precisamente ese el centro de los ataques de Estados Unidos.

Se trata del procedimiento para resolver los desacuerdos comerciales. Es la llave para asegurar la fluidez del comercio.

Los países someten sus diferencias a la OMC cuando estiman que se han violado los derechos que les corresponden en virtud de los acuerdos.

El sistema alienta a los países a que solucionen sus diferencias mediante la celebración de consultas. Si ello no se logra, se inicia un procedimiento de varias fases que incluye la posibilidad de que un grupo especial de expertos adopte una resolución al respecto y el derecho de recurrir contra esa resolución alegando fundamentos jurídicos.

Si bien se trata de un mecanismo que ponen en marcha los gobiernos, la movida involucra a las empresas. Uno de los casos más icónicos por la duración de la disputa es el que UE-Estados Unidos con denuncias sobre subvenciones a los fabricantes de aviones (Airbus y Boeing).

Este año, solo hasta fines de octubre, se habían registrado 33 procedimientos de este tipo, la cifra más alta en 16 años de vida la OMC (el número promedio de casos es de 16 por año). Del total presentado en 2.018, 15 son contra EE.UU. por sus medidas proteccionistas.

Definitivamente, el Organismo de Solución de Controversias está hoy bajo presión. Con los 15 pedidos para que se formen paneles de expertos que se expidan sobre diferentes situaciones, el sistema queda al límite de la operatividad.

Paradójico jaque al Tribunal

Hoy, una preocupación central tiene que ver con el Tribunal de Apelación.

El órgano, que tiene 3 meses para emitir una resolución -plazo que desde hace varios años no se cumple por la carga de trabajo- deber estar integrado por 7 jueces. Eso tampoco se cumple desde que la administración Trump bloquea los nombramientos de los jueces, con lo que el tribunal está al borde del colapso.

Al mismo tiempo que amenaza con retirar a EEUU de la OMC, EE.UU. no ahorra críticas para el tribunal del comercio mundial. Lo acusa de sobrepasar su autoridad y romper sus propias reglas, y como represalia bloquea sistemáticamente el proceso de nombramiento de jueces.

Si todo sigue de la misma forma, el Organo de Apelación llegará al año próximo con un único integrante, lo que hace inviable su funcionamiento.

Pero paradójicamente, Estados Unidos es el primer demandante (es decir, el mayor usuario del sistema). Por eso, funcionarios de la OMC diferencian los problemas que tiene con el Panel de Apelación de lo que ocurre con el resto del mecanismo previsto por el organismo. Interpretan que el hecho de que siga presentando recursos para que se creen paneles de expertos demuestra que EE.UU. sigue teniendo confianza en el sistema.

De acuerdo con su visión, el problema es que EE.UU no notifica todas las medidas que toma porque alega que decisiones como la suba en los aranceles del aluminio y acero responden a necesidades de seguridad nacional y por lo tanto no tienen nada que ver con la OMC.

Las fuentes van un paso más allá y dicen que pese a las amenazas públicas, hasta hora no hubo comunicación oficial ni extra oficial de que EE.UU. haya tomado la decisión de salir de la OMC o dejar de aportar al organismo, como ya hizo con el Acuerdo de París sobre Cambio Climático, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), y un tratado nuclear clave con Rusia.

Un dato no menor es revisar los motivos por los que nació la OMC.

Cuando se hace esa pregunta, la respuesta es unánime: en abril de 1.929, los senadores norteamericanos Willis Hawley y Reed Smoot pergeñaron la Tariff Act (Ley de Aranceles), una iniciativa por la que EE.UU. elevó unilateralmente los aranceles para los productos importados con el objetivo de mitigar los efectos de la Gran Depresión. Sólo cuatro años y medio después desaparecieron las 2/3 partes del comercio mundial y con ello la creación del empleo y el crecimiento económico.

Y lo que le siguió como efecto directo fue el estallido de la Primera Guerra Mundial, porque, como dijo el economista francés Fréderic Bastiat, “si las mercancías no cruzan las fronteras lo harán los soldados”.

Ese es seguramente el punto más importante para entender la relevancia de defender al multilateralismo y al único organismo que hoy lo tutela.

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