Si hacemos un alto en el remolino de la crisis de la economía y, sin nadar contra corriente, estiramos los brazos a una de las tantas ramas que nos ofrece tierra firme, encontraremos allí la ayuda de los potenciales de negocios internacionales de la Argentina, que muchas veces permanecen intactos y otras inexplorados.

Además del agro, de la economía azul que emerge de los océanos, del petróleo y gas no convencional, de la exploración off shore y de los minerales donde el litio es la gran estrella, existe otro poderoso vector que, por su intangibilidad, cuesta identificar: la economía del conocimiento.

La inteligencia humana, su experiencia, talento y creatividad conforman ese bloque económico de los servicios que, comercializados en el exterior, generan la suficiente cantidad de exportaciones como para ubicarse en el podio de los máximos generadores de divisas, detrás del agro y la industria automotriz.

La economía del conocimiento no es una ventana a un mundo de oportunidades: es un verdadero portal a una dimensión desconocida.

Error grosero

Es cierto que la situación económica deprimió los salarios reales de los profesionales argentinos que comercializan sus ideas y capital intelectual en el exterior, pero es un error grosero fundamentar en este punto los 8000 millones de dólares que exportó la economía del conocimiento en el último año. 

Hay una razón subjetiva pero igualmente fáctica: la creatividad, el talento y una resiliencia casi genética son marcas registradas de los profesionales argentinos en el mundo. La “fuga de cerebros” no es un testimonio caprichoso, sino una prueba más de que la mente argentina es valorada y buscada en el mundo.

Dice Marcelo Elizondo, el máximo referente en negocios internacionales de la Argentina, en su artículo “La pendiente preparación para la nueva economía del conocimiento”, que el capital intelectual conforma en sí mismo toda una nueva economía, y que tiene una serie de características muy particulares:

Es sostenidamente internacional, se apoya en empresas transnacionales innovadoras que además integran redes o ecosistemas de interacción, están marcadas a fuego por estándares elevados de calidad, se ven influenciadas cada vez más por la geopolítica que reorienta los focos de generación de valor y, por último, es la más sensible a la gran revolución tecnológica.

Expresiones

Elizondo señala que el mundo transita una cuarta globalización donde la economía está reconociendo que el valor está cada vez más en los intangibles, con una particularidad: el saber aplicado a la producción no reconoce ningún tipo de límite ni sector económico. 

Ahora bien, ¿Cómo se manifiesta la economía del conocimiento y la exportación del capital intelectual?

En una primera instancia, en la facturación de horas de trabajo y en la venta de diseños y proyectos de todo tipo que cada profesión tenga para ofrecer. 

Pero Elizondo va un poco más allá, y lo sistematiza en grandes conglomerados de valor como la comercialización de patentes, royalties, propiedad intelectual, know-how, innovación, inventos, disrupciones, ingeniería aplicada, herramientas de creación de reputación, certificaciones y cumplimientos de estándares (públicos y privados), análisis de procesos, saber organizado, diseño, marcas y management.

“La economía del conocimiento -explica el experto- no se concentra en algunos sectores sino que es casi universal, desde el agro con sus modificaciones genéticas, pasando por el sector automotriz y sus autos eléctricos no tripulados, siguiendo por los productos de la industria del calzado manufacturados en impresoras 3D y por la industria de la alimentación apoyada en la más precisa trazabilidad y estándares certificados, y terminando por los servicios generales componen más de la mitad de la economía global”.

Indicadores

De hecho, es muy difícil medir el impacto de la economía del conocimiento porque, todos los “átomos” que viajan en bodega de buques o en contenedores llevan incorporadas capas de agregado de valor intelectual, innovación y diferenciación que, a menos que se logre una patente asociada, difícilmente se les otorgue el reconocimiento al equipo de ingenieros y trabajadores que lo realizaron.

Sin embargo, hay indicadores que se esforzaron por identificar y calcular el capital intangible como parte del PBI y concluyeron en que nada menos que el 45% del producto bruto de todo el mundo proviene de la economía del conocimiento.

Además, hay dos vértices para esta generación de la nueva economía: más allá del conocimiento que se aplica en la producción fronteras afuera, está además la insondable riqueza que ese mismo conocimiento podría poner en marcha fronteras adentro.

En parte, por esta razón, la Argentina sancionó este año la ley de economía del conocimiento, buscando facilitar la inversión, eximiendo de impuestos y, en un “ataque de generosidad” exceptuando a esta producción invisible de los requisitos para acceder al mercado libre de cambios.

Restricciones

Pero, así como al agro lo anclaron con retenciones y a las economías regionales con costos logísticos prohibitivos en materia de competitividad, la economía del conocimiento también puede verse eclipsada por la mala gestión o por la voracidad fiscal: de hecho, las cámaras del sector advirtieron sobre un estancamiento en la segunda mitad de este año debido precisamente a las restricciones, a la obligación de pesificar los dólares generados y al obvio resultado que deja buscar sortear los controles, es decir,  trabajar en negro, dejar las ganancias afuera y, en el peor de los casos, dirigirse a Ezeiza para no volver. 

Argencon, la institución que representa la voz de este sector, advierte que las exportaciones de las industrias de la economía del conocimiento mostraron un crecimiento interanual nominal del 8,8% en el primer semestre del año, acumulando un valor anual de U$S 8 mil millones, valor que, no obstante, no representó un incremento real del nivel de actividad, sino que fue resultado del efecto del atraso del tipo de cambio sobre los salarios medidos en dólares.

Pero en el mundo, este sector creció un 50% más que el incremento medio del comercio mundial, siendo el verdadero motor inmóvil de la economía global. La Argentina, señala Argencon, no está aprovechando la oportunidad aún.

Por tal motivo, la entidad presentó un Plan Federal de la Economía del Conocimiento con las medidas y programas indispensables para levar las anclas del sector, que se resumen en lo de siempre: reglas de juego estables para inversiones, jerarquía institucional como política de Estado que mantenga inalterable el campo de juego, relevamiento estadístico para saber dónde estamos parados, y recuperar la competitividad para evitar la fuga de talentos. 

El Plan de Argencon

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