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Los protocolos, revisados y enmendados, para la prevención de los contagios por coronavirus en el transporte marítimo son normas de excepción para una situación extraordinaria.

Cuando el transporte marítimo, la actividad portuaria y el comercio exterior fueron declarados esenciales, todo el peso del entramado normativo fue pensado para proteger a sus operadores y a la vez no interrumpir el flujo de la logística. Pero a veces, la discrecionalidad oficial se aleja de la lógica interpretativa.

Es que un buque, en desplazamiento, no deja de ser una burbuja. Impedir su navegación ante casos positivos detectados carece de la flexibilidad interpretativa necesaria en una situación excepcional donde se debe hacer equilibrio entre el control y la no interrupción de la actividad comercial.

Lo que no deberían darse son arbitrariedades en la interpretación normativa y el ejercicio de la función de control. Pero pasó, días atrás.

Sin atenuantes

Un buque que cumple la doble función de enarbolar la bandera y oficiar de escuela para las prácticas de los cadetes fue objeto de imposiciones que no contemplaron atenuantes.

En tránsito a Montevideo se detectaron casos positivos de covid-19. El armador informó de la situación y se activaron los protocolos de aislamiento.

En Uruguay, anoticiados del aislamiento de los tripulantes afectados, se decidió priorizar la operación cumpliendo con el protocolo: desinfección y distanciamiento. La operación de un portacontenedor no requiere la interacción de tripulantes con operarios de tierra. El mínimo contacto del capitán con las autoridades uruguayas se hizo respetando la pautas sanitarias.

El buque operó sin problemas y fue despachado.

En la Argentina

Pero en la Argentina, pasó todo lo contrario. Marcela Chipolina, inspectora de Sanidad de Fronteras, impidió el desplazamiento del buque, el mismo que Uruguay autorizó a operar. De nada valió indicar que los tripulantes infectados estaban aislados y que el buque, aún en movimiento, es una burbuja.

Por otra parte, desde la misma elaboración del protocolo en el comité de crisis, Prefectura logró acordar con los prácticos la asistencia a buques con tripulantes infectados para llegar a zona común.

Resulta llamativo, y bordea la discrecionalidad, que en el caso de un buque argentino, con carga argentina, se lo obligue a permanecer en Recalada y no se le permita navegar a zona común. Algo contemplado para buques extranjeros. Encima, este buque ni siquiera necesita asistencia de prácticos para entrar a puerto.

El buque incluso no pudo navegar aún cuando los tripulantes relevados ya habían sido dados de alta por Sanidad de Fronteras. La funcionaria a cargo de la inspección esgrimió que la cuarentena comienza desde el momento en que se informa, no desde el momento del hisopado. Habría pretendido que el buque espere resultados en zona común.

El Ministerio de Transporte, en diálogo permanente con Prefectura, terminó de sortear las interpretaciones cruzadas en Sanidad de Fronteras, organismo dependiente del Ministerio de Salud.

Conclusión

Se perdieron cientos de miles de dólares de los escasos fletes fluviales argentinos, en tiempos donde se aplica la reserva de cargas para Paraguay y se declama la soberanía logística. Nuevamente, la bandera paraguaya capitalizó las incongruencias normativas y la arbitrariedad de los funcionarios argentinos.

El caso puso de manifiesto la necesidad de revisar un protocolo porque su aplicación recae en la realidad dinámica que impone una pandemia. Al menos, sería conveniente alinear criterios con los países vecinos para no generar más asimetrías de las que hay.

Nadie habla de relajar los controles. Y nadie puede negar que desde el día 1 de la pandemia que la comunidad marítima argentina, responsable de que no se detenga el comercio exterior, explicó las particularidades del trabajo a bordo, los costos diarios de un buque, la condición necesaria que reviste su normal operación para que no dejen de entrar divisas ni se suspenda el aprovisionamiento de la industria.

Y hace un año quedó demostrado el compromiso de cada eslabón marítimo y portuario: en tanto esenciales, no relajarse porque de ellos depende el comercio exterior argentino.