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Si te preocupa el futuro del empleo y la relación que la tecnología tiene con el tema, no podés dejar de informarte sobre la historia de Belindia, un país desconocido por la gran mayoría (como otros casos que han trascendido durante estos días).

En Belindia conviven una pequeña minoría que trabaja con estándares e ingresos similares a los de Bélgica y una enorme mayoría con productividad e ingresos similares a los de India. Eso sí, hay algo que los iguala: si se tuvieran en cuenta los impuestos que se pagan allí, cualquiera diría que se trata de un país del primer mundo (con los servicios que los ciudadanos reciben a cambio, claro).

Dicha sea la verdad, Belindia no existe, al menos no formalmente, porque a esta altura más de uno habrá encontrado alguna que otra coincidencia con su realidad.

Fábula para tecnócratas

Belindia es un país ficticio creado por el economista brasileño Edmar Bacha por medio de un relato –“El economista y el rey de Belindia: una fábula para tecnócratas”- en el que se reflejan las ambigüedades y contradicciones de esa nación creada a partir de la conjunción de Bélgica y la India: Belindia. En realidad, esa nación inventada sintetizaba la realidad de Brasil.

Belindia, el país creado por un economista brasileño en 1.974, vuelve a la escena principal con la Cuarta Revolución Industrial

¿Y por qué Belindia vuelve a ser protagonista ahora? Simplemente porque si bien la fábula de Bacha -uno de los ideólogos del Plan Real, con el que Brasil logró estabilizar su economía y derrotar la inflación a partir de 1.994- se publicó en 1.974, el mundo hoy está repleto de “Belindias”, con un desafío no menor: sobrevivir en un contexto de cambios tan profundos como acelerados.

Nadie pone en dudas de que el motor de esa transformación de la que estamos siendo testigos –y protagonistas- es la tecnología, fenómeno que está cambiando la forma en la que producimos, consumimos, comercializamos y trabajamos.

Temor por el futuro

A partir de eso resulta más que lógico el generalizado temor respecto del futuro laboral: ¿cómo serán los trabajos del mañana?, ¿quiénes tendrán trabajo?, ¿será la automatización una vía para mejorar la calidad de vida o una de las principales responsables de la destrucción de empleos?

Con muchos de esos elementos en mente, el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), elaboró el estudio “¿Robots en las pampas? Futuros alternativos para el mercado de trabajo argentino en la Cuarta Revolución Industrial”.

Coordinado por Ramiro Albrieu y Martín Repetti, el trabajo detalla cuál es la “narrativa global” que impera respecto del papel que tendrán sobre nuestras vidas y la forma que darán al mercado laboral en el futuro cercano la impresión 3D, la inteligencia artificial, internet de las cosas y los sensores inteligentes, entre otras tantas nuevas tecnologías.

Al mismo tiempo que genera expectativas positivas por la posibilidad de mejorar la calidad de vida, la tecnología y la automoatización producen incertidumbre respecto del futuro del empleo.

De modo resumido, puede decirse que los expertos señalan dos grandes cuestiones respecto de la adopción generalizada de máquinas más inteligentes:

  • La creación de nuevas oportunidades de empleo, especialmente en el conjunto de tareas que complementan y potencian a esas tecnologías.
  • El surgimiento de amenazas para los trabajos que implican tareas que puedan ser reemplazadas por las nuevas tecnologías.

Figurita repetida

“La evidencia histórica sugiere que en el largo plazo el efecto positivo prima por sobre el negativo de manera que tanto el empleo como los salarios reales aumentarían gracias al cambio tecnológico”, dicen los autores, pero casi de inmediato advierten que esa teoría no parece ajustarse a la forma en que interactuaron en el pasado las revoluciones tecnológicas globales y el desarrollo económico en la Argentina.

La historia muestra que los períodos en que aparecieron tecnologías disruptivas también fueron fases de grandes bifurcaciones en los ingresos, la productividad y el bienestar entre los países: hubo ganadores y perdedores a nivel mundial, se agrega.

¿Y sabés cuál es uno de los factores determinantes para estar en una u otra lista?: la educación. Si bien en el trabajo de Cippec se desglosa el tema en una explicación más extensa y compleja, finalmente, buena parte del todo queda reducido a la educación.

“Uno de los factores clave que explican el rezago (o sea, pertenecer al grupo de los perdedores) es la incapacidad de buena parte de las empresas y los trabajadores para absorber completamente las nuevas tecnologías y traducirlas en ganancias de productividad”, detallan.

Sólo se registra “un puñado de ganadores locales”. Son esos (principalmente en las “Belindias” del mundo) quienes logran seguir los desarrollos globales.

¿Es posible otro final?

La gran incógnita es saber si esta vez, en lo que mayoritariamente se define como la Cuarta Revolución Industrial podrá ser distinto.

Entonces, para contestar esa pregunta, Cippec invitó a hombres y mujeres del ámbito empresarial, sindical y de la sociedad civil, y a expertos en historia, economía, sociología, educación y ciencias políticas para realizar un ejercicio de prospectiva tecnológica.

El objetivo era imaginar y caracterizar futuros alternativos para el mundo del trabajo en Argentina y reflexionar sobre el tipo de acciones necesarias para que el país pueda recorrer el camino hacia el mejor escenario posible.

Un adelanto para los ansiosos: la conclusión más importante de ese ejercicio de pensamiento colectivo fue que el statu quo (o sea, seguir tal como estamos), no es una opción viable para la Argentina si se quiere aprovechar la ventana de oportunidad que ofrece la Cuarta Revolución Industrial.

Y entonces viene la otra gran pregunta: ¿Cómo se logra salir de la situación actual?

Cómo salir del laberinto

Romper el statu quo y facilitar una trayectoria más promisoria para el país requiere, según coincidieron los expertos de al menos tres medidas principales:

  • Impulsar un plan productivo que permita adoptar de forma más rápida y generalizada las nuevas tecnologías
  • Introducir políticas de formación necesarias para adaptar  las habilidades y conocimientos de los trabajadores al cambio tecnológico
  • Revisar los esquemas de protección y las instituciones que median en las relaciones laborales, como las prestaciones de seguridad social, la administración de los riesgos de trabajo y la duración y estabilidad de los contratos

Introducir políticas de formación necesarias para adaptar  las habilidades y conocimientos de los trabajadores al cambio tecnológico, una de las condiciones para tener éxito en la Cuarta Revolución.

Más allá de los detalles del ejercicio (promesa de un próximo artículo), hay particularidades interesantes que surgen a partir del análisis del tema, como el hecho de que el futuro del trabajo es hoy una preocupación mundial.

Sin distinciones

Si bien el impacto del avance tecnológico será diferente según el grado de desarrollo del país y la preparación de su gente, la problemática no hace distinciones entre países ricos y pobres. El torbellino del cambio tecnológico –que según la opinión coincidente de los expertos recién comienza- impactará sobre toda las economías del mundo.

Según el trabajo de Cippec, en los países desarrollados, con economías más estables y sectores productivos maduros, ese impacto puede implicar una significativa transformación productiva y es por eso que no debería sorprender el hecho de que la preocupación por el futuro del trabajo haya comenzado en ese grupo.

“La cuestión del futuro del trabajo involucra una transformación productiva”, se explicita antes de contar que “para los países en desarrollo, en los que una transformación productiva exitosa es el objetivo constante de la política pública, las innovaciones tecnológicas comprenden un doble desafío”.

En los casos de países en desarrollo (como la Argentina) no solo se trata de dilucidar los caminos que conducen a una transformación productiva de una economía dual a una moderna -la transformación de Belindia en Bélgica- sino también entender cómo será la transformación que sufrirán las estructuras productivas -y los trabajos- de los países avanzados a raíz de los cambios tecnológicos.

Por eso hoy más que nunca, si lo que se quiere es pasar a la categoría superior, resulta clave entender qué pasa en el mundo a la hora de diseñar políticas públicas que sean efectivas y permitan mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.

El desarrollo económico -la mutación de Belindia en Bélgica, según la figura utilizada por el economista brasileño- no puede darse sin una transformación de la estructura productiva en la que las actividades más dinámicas y modernas crezcan a expensas de las de menor productividad. Y la transformación de la estructura productiva es también una transformación de la estructura del empleo.

En síntesis, como resalta el trabajo de Cippec, pensar el desarrollo económico implica entonces preguntase sobre el futuro del trabajo.

Todo indica que más que preocuparse, quienes tienen poder de decisión e influencia en los países deberían ocuparse de un tema para el que buena parte de los estudios ya cambió el tiempo verbal del futuro al presente.

Fuente: El Día de Gualeguaychú